sábado, 17 de septiembre de 2011

'El árbol de la vida', Terrence Malick



Por muy mal que nos vayan las cosas, qué insignificantes parecen nuestros problemas si los comparamos con la vastedad del universo. Eso debió de pasarle por la cabeza al director estadounidense Terrence Malick cuando pensó en el guión de El árbol de la vida, película que llega ahora a nuestras pantallas tras ganar la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes. En ella, Malick hace una profunda reflexión sobre el mundo interior de cada uno, lo que nos atormenta, lo que nos estigmatiza, lo que no entendemos y lo que sentimos cuando parece que lo tenemos todo y en realidad no tenemos nada.

Sean Penn interpreta a un arquitecto de éxito que no acaba de encontrar la calma necesaria que le haga feliz. Para dar con las razones de su desasosiego, echa la vista atrás y busca en su infancia, marcada por la estricta autoridad de un padre religioso, frustrado, que jamás consiguió ser lo que soñaba y que volcaba en la ferrea disciplina de sus hijos su propia insatisfacción. El padre, interpretado por un magistral Brad Pitt, era uno de esos americanos de los años 50 que ante sus hijos no era “papá”, sino “señor”. Una típica familia patriarcal de la América profunda de arraigadas convicciones religiosas y morales, pero a la vez ambiguas. Una ambigüedad que jamás entendian sus hijos y que se muestra en un frase sencilla, pero cargada de sentido: “nos dice que no pongamos los codos sobre la mesa, pero él los pone”.

El árbol de la vida (símbolo teológico, filosófico, pero, sobre todo, místico que explica la interconexión de la vida en nuestro planeta) es un constante juego de flashbacks y digresiones que alternan la narración de la experiencia humana con la inmensidad del universo mediante diferentes escenas de la naturaleza: un volcán en erupción, una imagen del espacio exterior, dos dinosaurios que se pasean cerca de un riachuelo o la vida microorgánica. De ese modo, Malick plantea una estimulante reflexión sobre lo que somos, el tiempo en el que vivimos, nuestra trascendencia, pero también nuestra insignificancia. En un momento de la película, el padre le dice a uno de sus hijos: “te callarás durante media hora y no hablarás a menos que tengas algo realmente importante que decir”. Más allá del relativismo que supone juzgar lo que para cada uno es importante, el director se vale de este mismo recurso para crear su película: el diálogo es mínimo y solamente aparecen las palabras cuando tienen que aparecer, siendo estas tan importantes como el silencio.

Desde el punto de vista estético y técnico, El árbol de la vida es un producto cinematográfico de primer orden, impecable y lleno de preciosismo (atención a la banda sonora, la fotografía y el montaje). Sin embargo, toda esa sublimación es el principal handicap de la película: no es un film para todos los públicos, sino más bien un experimento para aquellos cinéfilos que esperan propuestas como éstas, donde el lenguaje audiovisual es tan importante o más que la historia. Pero ocurre que incluso para los que esperamos este tipo de películas, hay que reconocer que hay un abuso de la retórica cinematográfica y el film podría haber sido perfecto si se le hubiese pasado la tijera por esos excesivos (y, a veces, eternos) planos sobre la Vida en mayúsculas, el universo. A Malick le ha sobrado un poco de Malick, pero El árbol de la vida sigue siendo una película que, cuanto más tiempo pasa tras el visionado, más cuesta olvidarla.

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