sábado, 14 de noviembre de 2009

'2012', Roland Emmerich

Ayer llegó a las pantallas españolas 2012, la nueva superproducción apocalítpica de Hollywood. Como siempre pasa cuando se aproxima la fecha prevista del fin del mundo por alguna religión o civilización antigua, la industria cinematográfica americana se pone las pilas para crear una película y sacar tajada.

Y ya sabemos cómo se las gasta Hollywood: una millonada para mostrar los efectos especiales más espectaculares. Si hay que hacer pasar un avión por la cabeza de una aguja, Hollywood lo hace; si un coche tiene que atravesar un edificio de decenas de plantas que se está derrumbando, Hollywood lo hace; si hay que pasar por alto las leyes de la física, Hollywood lo hace. Así son estas películas: muchos efectos, muchos topicazos de corta y pega, pero poco realismo y originalidad. Y mejor no entrar en cuestiones geológicas que hacen que la película sea todavía más inverosímil.

El héroe americano en esta ocasión es el personaje que interpreta John Cusack, un estadounidense normal, divorciado, que intenta pasar más tiempo con sus hijos, sin un trabajo demasiado estable, pero capaz de mover tierra, mar y aire (no sólo lo digo en sentido figurado) para salvar a su familia. Ni me creí su papel ni el del resto del reparto.

Además, 2012 ofrece en cine al primer presidente negro de los Estados Unidos: Danny Glover es el trasunto de Barack Obama. Y, claro, ya saben que a Hollywood le da igual si el presidente es demócrata, republicano, blanco o negro. El presidente de la Gran Nación siempre, siempre, siempre, tiene que ser un gran patriota capaz de cualquier cosa por el bien de sus ciudadanos. ¡Dios bendiga a América!

Como entretenimiento, 2012 tiene su gracia (los efectos, ya saben). Eso sí, queda lejos de una gran película y se queda en una simple reinvención futurista del Diluvio Universal con mucho presupuesto pero poca lógica.



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