miércoles, 8 de abril de 2009

'Lilya forever', Lukas Moodysson

Si tuviera que señalar cuáles son las películas más desgarradoras que he visto en mi vida, Lilya forever (2002) estaría, seguro, entre las primeras. El director y guionista sueco Lukas Moodysson hace un duro retrato de la condiciones en las que se encuentran muchos adolescentes de las ciudades más pobres de Rusia. Lilya es el perfecto paradigma de esos jóvenes desamparados que deambulan por las frías calles rusas sin futuro alguno.

Ella tiene 16 años y su madre la acaba de abandonar al marcharse con su amante a Estados Unidos. Al principio, Lilya tiene la certeza de que su madre le mandará dinero para que se marche, pero poco a poco las esperanzas se van difuminando cuando ve que el tiempo pasa y las noticias de su madre llegan con cuentagotas. Sin dinero, sin hogar y sin futuro, se ve obligada a malvivir como puede para ganar algunas monedas. La prostitución parece la salida menos dolorosa.

Lukas Moodysson ha escrito un guión tan duro como necesario para reflejar las condiciones de muchos jóvenes que, todavía hoy, venden su cuerpo para poder sobrevivir. El retrato de Lilya desgarra las entrañas de cualquier espectador por muy desalmado que sea, porque a la pobreza más extrema se suma la cada vez más menguante esperanza de mejora. La película me parece técnicamente impecable, con unos detalles escénicos que sirven para dar más dramatismo al filme, pero de forma contenida, sin llegar a caer en el morbo ni la exageración.

Cuando pienso en Lilya forever tengo una extraña sensación ambigua: por un lado me queda la sensación de haber visto una excelente película pero, por otro, no es de esas historias que a uno le guste ver muy a menudo. Quizá porque no soy lo suficiente valiente como para salir de mi cómoda posición en el sillón de casa y ver que, en ese mismo instante, muchos menores están sufriendo unas crudas condiciones de vida. No hay otra palabra que mejor defina Lilya forever: desgarradora.

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