lunes, 9 de junio de 2008

'La torre de Suso', Tom Fernández

Cundo (Javier Cámara) vuelve al pueblo de su niñez para asistir al entierro de su antiguo amigo Suso. Allí se encuentra con otros compañeros de colegio, como Fernando (Gonzalo de Castro), Mote (César Vea) o Pablo (José Luis Alcobendas). Entre todos intentarán cumplir los últimos deseos de Suso (personaje abstracto que en ningún momento aparece en la película), construir una torre para ver el paisaje desde lo alto. Pero antes de llevar a cabo este proyecto, deberán entender cuál es la situación de cada uno de ellos en la vida y tendrán que enfrentarse a sus frustraciones.

Por mucho que se esfuercen algunos directores, hay actores que ya tienen una caracterización demasiado marcada. Por ejemplo, es muy difícil hacer pasar a Javier Cámara por un tipo duro. Me explico: hay momentos puntuales en La torre de Suso (2007) -dirigida por Tom Fernández- en que el personaje interpretado por Javier Cámara reacciona con cierta agresividad ante los comentarios de sus antiguos amigos y, viniendo de este actor, se hace difícil creer en el personaje. Un caso parecido es el de Gonzalo de Castro (Fernando en la película), cuyo personaje tiene un cierto parecido al Gonzalo de Siete vidas: un tipo enamoradizo, pero con no demasiada fortuna en la vida. El director debería haber puesto más distancia entre ambos personajes.


En cuanto al argumento, las ideas son, a priori, buenas. El planteamiento es más que sugerente y anima a seguir enganchado a la pantalla, pero llegado un punto de la película, el interés empieza a decaer. Después de que cada personaje exponga sus motivos de amargura, llega un momento edulcorado que nos lleva directamente a un final tan feliz, que resulta inverosímil. El guión es, por lo tanto, bastante mejorable.


Lo mejor de La torre de Suso es la banda sonora, bastante acorde con el tono de la película, y, sin lugar a dudas, la interpretación de Mariana Cordero (en el papel de Mercedes, la madre de Cundo): un trabajo espectacular. Lo demás deja una cierta sensación de indiferencia, a menos que el espectador sea de una sensibilidad tan delicada, que incluso se sienta emocionado con historias como esta.

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