lunes, 9 de junio de 2008

'El último tren a Auschwitz', Joseph Vilsmaier y Dana Vávrová

Sin mucho bombo pasó hace unos meses por las pantallas de cine otra adaptación del Holocausto: El último tren a Auschwitz (2006). La película está dirigida por el alemán Joseph Vilsmaier (Stalingrado, Leche de otoño, Rama dama…) y por la checa Dana Vávrová.

La película refleja el viaje del último tren que sale de Berlín hacia el campo de concentración de Auschwitz (a las afueras de Cracovia) en 1943. Con la intención de limpiar la capital alemana de cualquier rastro judío, centenares de deportados son obligados a llenar los vagones de un tren para mercancía animal con destino al campo de exterminio. Apenas pueden moverse y dentro solamente cuentan con un cubo de agua para todo el viaje y para las decenas de judíos que hay en cada vagón. La angustia dura seis días y en ese largo y angustioso tiempo el hambre, la sed, el calor, la desesperación y, sobre todo, la lucha por la supervivencia, provocará que algunos pierdan los estribos y se vuelvan agresivos contra sus compañeros, otros perderán el juicio y otros tantos verán que la única vía de escape para evitar Auschwitz es la muerte anticipada. Algunos de ellos, no obstante, probarán suerte intentando escapar del vagón luchando contra el tiempo y contra las armas alemanas.

La película está rodada casi íntegramente en uno de los vagones. Se alternan algunos exteriores, como las estaciones por las que pasa el tren de la muerte o las imágenes iniciales, cuando los alemanes sacan de sus domicilios a los judíos. El flashback es otra de las técnicas que utilizan los directores para que el espectador descanse de un ambiente tan asfixiante. Los judíos recordarán, varias veces durante la película, escenas de su vida feliz antes de ser llevados a la fuerza al tren. Esas escenas, obviamente, son rodadas en exteriores, mayoritariamente en escenas de naturaleza abierta. Sin duda, un sistema para que el espectador no se sienta ahogado con casi dos horas de metraje rodados en el interior del vagón.

El último tren a Auschwitz ha recibido un Premio Bavaria y el New York Times ha dicho del film: “ha sido increíble… Intenso, conmovedor y extraordinariamente rodado”.

Cuando aparece una de estas películas en cartelera, puede el espectador pensar que el tema ya está muy trillado y que difícilmente algún film va a aportar alguna novedad al tema del Holocausto. Cuando un director inicia el rodaje de una película de temática de campos de concentración, sabe que se enfrenta también a la dura prueba de superar el listón tan alto que han dejado otras películas de este tema como La lista de Schindler (Spielberg) o La vida es bella (Benigni). No obstante, y por fortuna, en los últimos años ha aparecido algún film que ha sabido sacarse de encima esa presión de la eterna comparación. Se me ocurre pensar en el caso de Sin destino, del director húngaro Lajos Koltai, que relata las experiencias del escritor Imre Kertész (el autor es también el guionista de la película): una película que, sin lugar a dudas, vale la pena ver, a pesar de que ha pasado por las pantallas sin pena ni gloria en cuanto a éxito de público.

Y ahora nos llega una historia diferente: el viaje en tren de los últimos 688 judíos de Berlín. Hemos visto en varias películas lo mal que lo pasaron los que viajaron en tren a Auschwitz, pero ninguna se ha centrado únicamente en esta parte del Holocausto. El tema empezaba siendo llamativo y sugerente.

Los primeros minutos mantienen al espectador atento a la pantalla, viendo cómo los alemanes irrumpen en las casas y sacan a los judíos de ellas. Pero a medida que transcurre el viaje en tren, empieza el declive de la película. Lo primero que salta a la vista es que, si bien al principio, los judíos no pueden apenas moverse porque aquello es lo que, vulgarmente, se llamaría una lata de sardinas, en cambio parece que van desapareciendo judíos o el vagón se va ensanchando. Uno intuye que el director mete más extras o los saca, según el nivel de ansiedad que quiera reflejar en cada escena.

La locura. A uno le cuesta creer que algunos personajes acaben desvariando, mientras otros se mantengan en sus plenos cabales. La locura es casi instantánea: tan pronto un personaje está cuerdo, como de repente pasa a ser loco. Hay otros que mantienen la cordura y la salud, insisto, a pesar de ser de naturaleza física más endeble.

Curioso resulta también -soy malpensado, lo sé-, que en una estación unos alemanes se presten a dar unos pocos mendrugos de pan a los judíos y, cuando entra la cámara al vagón, resulta que esos mendrugos se han multiplicado y nadie se queda sin pan.

En cuanto a la interpretación, la verdad es que en la película se mezclan actuaciones lamentables –como ese hombre que no sabe representar un ataque al corazón- y actuaciones impecables –como el judío artista, que es lo mejor de la película-. Al final, incluso uno se da cuenta que incluso el maquillaje podría haberse mejorado muchísimo: esas ojeras parecen hechas con un perfilador de ojos barato.

Remarcar también el abuso del flashback. Ya decíamos antes que es una técnica para dar descanso al espectador, pero el guionista podría haberlo trabajado más. Algunos flash back son un tanto ridículos e innecesarios; valía más la pena eliminar media hora de vagón, que incluir minutos de flash back.

Muchas situaciones –que no desvelaré por no desvelar detalles- son poco creíbles y exageradas. Que los judíos sufrieron lo que no está escrito –y hay mucho escrito- lo sabemos, pero al final va a resultar que eran un grupo de debiluchos que, cuando un alemán daba un toque de palmas, caían diez judíos muertos. Ni tanto ni tan poco. No hay que exagerar todavía más el drama judío –que fue horrible e injustificado-; reflejando la realidad ya es suficiente para que nos demos cuenta de la catástrofe que supuso para la humanidad el Holocausto.

Pero, claro, se entiende que si la película son prácticamente dos horas de rodaje en un vagón y que si el director quería aportar alguna novedad a este tema, debía centrarse en las situaciones dramáticas de cada uno de los personajes, a pesar de que muchas de ellas se notan muy forzadas. En definitiva, una película que promete más de lo que en realidad aporta. Eso sí, la banda sonora y la fotografía, una maravilla.

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