lunes, 16 de junio de 2008

'28 días después', Danny Boyle

Un extraño virus ha asolado la humanidad. Se trata de un virus que transmite algo así como un brote permanente de ira, pero en versión zombie, como si los infectados fueran muertos vivientes. Se contrae a través de la sangre y de la saliva. Basta con un leve contacto para que en diez segundos a la persona infectada se le inyecten los ojos en sangre y empiece a querer morder o a arañar, porque la cosa no va más allá. En cuanto la víctima se infecta, el atacante busca nuevo objetivo.

Jim (Cillian Murphy) se levanta un día en un hospital tras un coma. Descubre que en su ciudad, Londres, no hay un alma. Pero a los pocos minutos de metraje descubre a decenas de personas infectadas que quieren atacarlo. En eso, aparece un chico y una chica, que le explicarán lo sucedido. Entre los tres buscarán el modo de salvar sus vidas.

No es que el director se piense que el espectador es tonto ya desde los primeros minutos de metraje, es que la torpeza de este guión cae por su propio peso. Londres ha sido atacada por las personas infectadas, éstas suben a los edificios, se meten por recovecos y llegan hasta lugares imposibles. Eso sí, a la habitación del hospital, mientras Jim está inconsciente, no ha entrado ningún infectado. Qué casualidad.

En un momento de la película, aparece un grupo de soldados. Su intención, más que salvar el mundo, es reclutar mujeres para violarlas. Hay una escena, el colmo del desespero, en que los soldados están siendo atacados, pero algunos están más interesados en que no se les escapen las chicas, que en salvar su vida.

Más escenas rocambolescas: hay una adolescente que es atiborrada a valiums. En un momento en que el director ha querido dar un toque cómico, la chica se tambalea, no sabe lo que dice. Pero minutos más tarde, en plan salvadora, le viene una lucidez de espanto.

Más momentos insostenibles: cuando el taxi clásico inglés en el que viajan los protagonistas circula por encima de otros automóviles, pincha una rueda y cambian el pneumático en cinco segundos mientras tienen el aliento de los infectados detrás del cuello.

La transformación de Jim es también impagable. Es capaz de dejarse golpear por un soldado y no decir nada a recibir un tiro y convertirse en el increíble hombre Hulk. No hay quien pueda con él. De ser un nenaza incapaz de matar a nadie a pelearse contra un ejército. Y eso sin estar infectado.

Ya no quiero hablar de esas escenas familiares en el campo, donde todos almuerzan al aire libre, sin preocuparse por si les va a aparecer algún infectado. Imagino que el director quería que el espectador se enterneciera con los personajes para que luego sufra más por ellos.


La película es un tostón tan indigerible, que uno no sabe luego cómo expresar la desesperación. No sé qué necesidad tenía el director, Danny Boyle, de meter tonos cómicos y mezclarlos con momentos romanticones pastelosos. Todo en conjunto ayuda a crear una atmósfera tan insufrible como pésima.

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